miércoles, 29 de julio de 2009
Hija de puta
viernes, 17 de julio de 2009
Banquete
Max es un imbécil, que las vacas no se maltratan en un rodeo, que huevón más estúpido, compararlas con un perro. Estresar a los animales. ¿Por qué no lo admite? Quizás no hay razón de peso para tener una mascota y comer carne, milanesa napolitana con papas fritas, Barros Luco o longaniza de pavo. Si el hambre muestra tus cojones acorralando en la noche a una bestia mediante lanza de madera, entonces volveríamos a un tiempo sagrado, pero no, churrasco italiano y una coca por dos mil pesos. Y después como casi todas las noches en la botillería Los 3 reyes hola, ¿me dai un belmont rojo de 20? chao gracias. Hola! ¿me dai un belomnt? Hola, chau, y nunca un ¿cómo estay? que bueno, cuídate, nos vemos. Conozco Los 3 Reyes de Apoquindo, los de al frente del cine y ese que vi en Cochamó. No se si tienen relación alguna, pero el trato es siempre el mismo, sonreír para el cliente y consumir, carne o cigarrillos. Gastar y gastarse. Max lo entiende bien y no le complica, él va a dirigir su propia empresa, él no puede ser empleado de nadie, el va a tener un par de autos y casa en la playa, él va a tener cincuenta años y todos los meses le va a llegar un cheque y él se aparecerá por el negocio de vez en cuando para saber como andan las cosas. Luego él va a envejecer y sus hijos continuaran enfermando el mundo. Y yo soy su amigo. Me sigo relacionando con los que detesto y olvido a quienes son como yo.
martes, 14 de julio de 2009
Desaparecer
El lugar era la biblioteca o el Metrotren según Gonzalo. Para Carla su sagrada pieza. Yo había desarrollado la capacidad de leer en cualquier lugar donde fuese posible la vida: la anarquía de la sala de clases, el viaje de Santiago a Bahía Blanca en bus sorteando las nauseas del camino caracol y el goce de las majestuosas tormentas eléctricas de la infinita pampa nocturna, un hedionda carpa bajo la lluvia o incluso el camino de vuelta de la peluquería en Hernando de Magallanes con la Avenida Cuarto Centenario hasta mi casa en Apoquindo, cuando, absorto en la lucha de Superman contra la organización criminal Intergang, caminé sin mirar mi destino y aparecí llegando al final de la historieta caminando por Avenida Las Condes en dirección contraria. Tenía doce años y experimenté con asombro y satisfacción un agujero negro digno de la sublime Hora Cero del universo DC Comics producida por un rebelde Linterna Verde.
Los silencios laborales me dieron la costumbre de leer en el trabajo. Comencé tímidamente en el sillón rojo las primeras semanas cuando llegaba temprano. Luego me empeciné en adelantarme cada vez unos minutos para gozar durante un poco más, hasta que las jornada pajeras las gasté completamente en las letras donadas por el Pepa. A ratos bajaba a la cocina por una taza de leche con nesquick bien caliente. Al principio todos se rieron, quién tomaba leche con nesquick, qué adulto no bebía café, y ahora parecía iniciarse la moda de la chocolatada.
Empecé a trabajar con el pie derecho, muy sociable, proactivo, completamente opuesto al comportamiento que me valió un profundo fracaso sentimental. Pero mi esencia Zen pudo más, pues a medida que pasaban las semanas, los ficticios viajes de Marco Polo al servicio de la corte del imperio mongol me transportaban a un mundo digno del ingenioso loco Hidalgo, donde no podia evitar encontrarme con un moradoanaranjado cielo de la natal Nueva Orleans de Ignatius Reilly al compás del erótico saxo de Johhny (o Charlie) Parker. Mientras tanto, en el computador de al lado, Poeta rendía tributo a Michael Jackson, revisaba guiones, intentaba romper el record de un videojuego online y hacia los contactos para arreglar el calefón de su casa nueva, todo al mismo tiempo sin lograr distraerme, aunque por momentos la dactilografía retumbando como insoportables martillos chillones me despertaba del trance, yo me daba vuelta y Poeta ya se había ido, la estufa apagada y el Pato leía el diario en la recepción. La jornada laboral había terminado hacía un par de horas. Dejé la bicicleta y me fui en micro para seguir leyendo. Trabajadores y universitarios se estorbaban unos a otros sin intercambiar palabras. Por momentos apartaba la mirada del texto para hacer un breve ranking de las mujeres más ricas del transporte público, elegía a la mejor y la miraba de reojo mientras leía hasta que ésta se bajara o fuese remplazada por una más bella o extravagante. La micro se detuvo a un par de cuadras de mi casa justo cuando El Perseguidor llegaba a su fin. Leí las últimas líneas unos metros antes del portón, umbral que me convierte en un célula más del organismo hogar, sin lectura, solo comida y televisión. Pan con queso, pan con queso y mortadela-ave-pimentón, pan con jamón y queso y orégano. Noticias, telenovelas y zapping, películas pésimas y un poco de History Channel. Un par de cigarros en la cama, tos y barriga llena. Me sentía asqueroso y frío, hacía mucho frío. A las cuatro de la mañana una diarrea bíblica me martirizó hasta las lagrimas, volví a dormir como si todo fuese un sueño y desperté con la cara que no deseo ver en el espejo. Renuncio. ¿De qué vas a vivir? De esto no.
Me instalé en la bodega del taller mecánico del papá del Tita donde con la Jóse y el Alejo establecimos nuestro centro de operaciones. Los pololos arquitectos trabajaban en sus respectivos proyectos de titulación, yo por las mañanas escribía y en las tardes encuadernaba. Una cerveza con las visitas de amigos y colaboradores, luego bohemia con Josefo y sus amigas lesbianas. Había elegido mi vida, visitar a papá y mamá de vez en cuando, vender libros y destripar el hígado noche por medio. Mañana tuve que trabajar otra vez. El espejo sucio de los mecánicos entre afiches pornográficos de modelos ochenteras seguía mostrando la misma cara, esa que no se quita hasta que uno se larga de verdad, hasta que uno desparece y no se ve en reflejo alguno.
lunes, 13 de julio de 2009
City Tour
Hablamos de bicicletas y vio mis muslos gruesos creyendo que se trataba de las piernas de un ciclista o futbolista aficionado. Yo vi su pelo rojo creyendo que era natural y hablamos de las distancias a pedal sin sospechar yo que ella chorreaba por mi y ella sabiendo que mi boca no paraba de querer saborearla. Ella me llamó y sin su iniciativa quizás nunca hubiésemos estado juntos o tal vez deba darme el crédito cuando me vio sonarme la nariz tierna y torpemente como si fuese un niño o cuando la besé para que no siguiera hablando en esa sucia tocata. Muy evidentes mis miradas, presiento que le encantaban. En la micro o el metro jugaba a mirar reflejos y siempre eran las otras las que se apartaban. Con Julia era un eterno empate ojo a ojo durante una hora o más mientras la radio daba en el clavo como banda sonora hasta que el teléfono me avisaba que nos juntábamos en la casa del Juancho y que llevara un par de lucas o algo pa la parrilla. Julia se enojaba porque quería ver una película y que cocináramos algo. La llevé a su casa en bicicleta y me fui donde el Juancho con tres cigarros y un paquete de salchichas.
Quedábamos en juntarnos siempre a las 5 en el cine, en la plaza o en el parque, ella elegía y a mi me daba lo mismo, le molestaba que me diera lo mismo, le molestaba que yo no decidiera, le molestaba que no yo no fuese un macho. La película era pésima y a ella le encantaba y nos tomábamos unas cervezas discutiendo el porqué de la inferioridad de la mujer. Nos besábamos en el paradero mientras ella esperaba la micro, hacíamos el amor en mi casa porque nadie me molestaba, o nos íbamos a su depto cuando había nadie, o en el baño del Pipo o donde sea porque ella siempre quería y yo solo me negué cuando tenía que ir al dentista pero Julia se me subió encima y no me dejó ir y yo con la satisfacción de las sabanas sudadas y la estúpida vergüenza de llamar a la secretaria y cambiar la hora para la semana siguiente.
Julia casi no se conectaba a Internet y mi celular ya no funcionaba solo hablábamos brevemente para vernos a las 5. Ese día inflé la rueda trasera recién parchada en la estación de servició y pedaleé veloz por Hernando de Magallanes hacia Bilbao, a mitad de camino olvide hacia donde iba. Nos vemos a las 5 entonces, ya, besitos, chau, pero ¿dónde? ¿lo olvidé o no me dijo? Contaba con sus habituales treinta minutos de retraso como ventaja para darme el tiempo de mapear con recuerdos el posible lugar de encuentro. El cine Hoyts, el Parque Intercomunal, la Quinta Normal, La plaza Ñuñoa, El Biógrafo. Debía elegir un destino, entonces recordé que a Julia le gustaba el mango y yo le dije que en el Unimarc de la calle Rancagua siempre tenían. Entonces la vi saboreando la jugosa fruta camino a la plaza Inés de Suárez. Pedaleé unas cuantos metros detrás de ella hasta que con un fuerte gritó la asuste como nunca le gustaba que lo hiciera y como yo disfrutaba constantemente hasta verla estallar en risas intentando poner cara de enojada.
-Pensé que no ibas a llegar… -me dijo mientras chupaba sus dedos endulzados –Como que no quedamos en nada ¿qué onda?
-Quedamos a las 5 ¿llegué o no?
Me dejaba recados con mi hermana o me mandaba sutiles pistas por e-mail, yo le enviaba mapas incompletos por carta o acertijos por mensaje de texto. Como siempre a las 5, casi todos los días, adivinando el punto de encuentro y siempre encontrándonos, el único requisito era que fuese un lugar en el que nunca hubiésemos estado juntos. Así yo le mostré el bosque de los Ewoks en La Reina y ella me llevó a la plaza Yungay, la guié hasta el Bar de René y yo la encontré con casi una hora de atraso leyendo en la plaza de Puente Alto.
El juego catalizó nuestra telepatía y nos distanció en cierta medida pues nos veíamos solo a las 5. Yo con mi tiempo libre quería que la tarde no acabara, ella y sus estudios me lo impedían. Yo me enojaba y le pedía que se quedara entonces Julia me sacaba en cara que yo solo quería carretear. Nos despedíamos disgustados y nos volvíamos a ver otro día a las 5 como si nada hubiese ocurrido.
Con el tiempo deje de visitarla y ella lo mismo. Sólo en la calle nos encontrábamos, cada vez en puntos más distantes, en el Buin Zoo, en la cumbre del cerro Manquehue o en algún lugar de Yerba Loca, hasta que un día cayó la noche en la Plaza de San José de Maipo sin que Julia se apareciera. No se qué era peor, que no haya podido ir o su incapacidad de descifrar el punto de encuentro. Quizás algo tenía que hacer, ya no sabía en que andaba, no me contaba nada, solo me daba amor y no quería escuchar mis aventuras, solo quería amor.
Llegué a su casa como a las 10, enojado. Enojado. Nunca había estado enojado. Su vieja no estaba. Julia triste comía una ensalada.
-Tuve un problema- me dice sin mirarme – ¿dónde estuviste?
No pudo descifrarlo, Julia no me quiere. Y no le pedí explicaciones solo la abracé intentando recuperarla, ella me llevó a su pieza y apagó la luz. Me dio su sexo como pidiendo disculpas mientras yo intentaba hacerle el amor. El sonido del semáforo para sordos no me dejó dormir.
Vamos a pasear, le dije. Eran las 4 de la mañana y me miró como si no me hubiese escuchado. Ya la perdí, Julia no me quiere. Vamos a pasear, le dije, y ella se dio vuelta para seguir durmiendo.
miércoles, 3 de junio de 2009
F
Conocí a F hace unos treinta años. Yo estaba en el metro Universidad de Chile, hacia mucho frío y lo único que quería era volver a mi casa. Estaba a punto de entrar en el vagón cuando descubrí unas minúsculas flechitas rojas, poco más grandes que una hormiga, que partían desde la línea amarilla del andén hacia quién sabe donde. Las Seguí sin mirar hacia delante, pero el estruendo de un tren me hizo saber que estaba en la mitad del túnel. Asustado, quise volver, pero las flechas llegaban a su fin en una oxidada escotilla. La abrí y entré. Allí en un cartel de madera tallada pude leer con dificultad en la oscuridad “El Hombre Ahora”, pero inmediatamente una antorcha se encendió a mi lado mostrándome el rostro de F. La impresión duró menos de un segundo, en aquella galería subterránea pude apreciar lo que parecía ser un museo.
Estanterías de metal oxidado y vidrios de colores exhibían toda clase de objetos cotidianos como zapatillas, collares, billeteras, cuadernos, cigarrillos, monedas, juguetes y galletas. Todos muy bellamente ordenados y catalogados. Por otro lado se exponían los esqueletos de la siempre subestimada fauna santiaguina. Las estructuras de ratones, palomas, gatos, quiltros, lagartijas y toda clase de aves se presentaban acompañadas de un breve texto que explicaba su comportamiento y su rol en la ciudad. Sobre otra pared, iluminada con distintos tipos de linternas, se hallaba una exposición compuesta por impresionantes recortes y fotografías de los distintos diarios de la capital. Incluso había una galería dedicada a la basura.
Luego, siguiendo un angosto pasillo pintado con toda clase de graffitis, aparecía un pequeño, sencillo y acogedor escenario rodeado de unas cuantas mesas. Allí unas 5 personas bebían y disfrutaban de un monologo humorístico. F me invitó a sentarme y me sirvió un vaso de pisco puro. La jornada se extendió por más de cuatro horas, donde desfilaron unos 8 artistas con toda clase de presentaciones.
Regresé a mi casa completamente borracho.
Durante un par de meces fui todos los jueves en la tarde a “El Hombre Ahora”. En esos tiempos pude conocer algo del pasado de F, el responsable de este oasis urbano. F era un actor y músico partidario de Allende y cercano al movimiento de La Nueva Canción Chilena. Cuando los milicos llegaron al poder F se escondió en el sótano de su casa durante casi un mes. Como nunca lo encontraron la casa se convirtió en una oficina, entonces F se vio obligado a deambular por el subsuelo hasta que dio con la galería, escenario perfecto para desarrollar su pasión: la arqueología presente.
Nadie sabía si F vivía en algún cubil del alcantarillado o si se refugiaba con algún familiar en la superficie. F nunca daba explicaciones y nosotros no se las pedíamos.
Una tarde, mientras F interpretaba junto a la que parecía ser su novia una esquizofrénica versión de Romeo y Julieta, un estruendo derribó la escotilla y los uniformados allanaron el lugar.
Yo estuve preso un par de días. Una semana después quise volver a la galería pero ya no era posible.
Hace unos días me llegó por correo un sobre sin remitente que contenía una foto del metro de Paris donde se puede ver un microscópico camino de flechas. Detrás de la foto estaba escrito con tinta roja “Le Homme Maintenant”. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz.
martes, 14 de abril de 2009
Cuarto Menguante
jueves, 2 de abril de 2009
Caer
Desperté sin poder oler, oír, tocar, ver y saborear. Ni siquiera podía saber si realmente estaba respirando o si efectivamente estaba en mi cama pero la lucidez de mi conciencia me indicaban que sí estaba despierto. Yo era y no estaba. Para mi familia estaba pero no era. Me invadió la angustia de imaginar la desesperación de los que me rodeaban. ¿Qué podía hacer yo?
De pronto me encontré solo con mis pensamientos, flotando en una especie de recipiente negro. Recordé mi pasado, vi fotos, oí canciones, chistes y dulces voces, comí helados, pizza y papas fritas. Hice un censo de toda la gente que he conocido y la vida que llevaban cada uno de ellos. Reconstruí todos los lugares que he visitado y hasta imaginé los que aun no he pisado. Cuando ya no tenía con quien más discutir ni lugares donde ir, enfrenté el bien con el mal, idea tras idea hasta creer que todo lo podía entender.
No se si fueron años o tan solo un segundo, me estaba cansando de pensar. Ninguna imagen se dibujaba en mi pizarra mental. Estaba entonces rodeado de lenguaje, letras que se unían y se reagrupaban formando extrañas ideas que entendía sin poder pronunciar. Entonces ocurrió lo que siempre temí: olvide como hablar, leer y escribir.
Marcha de Osías (María Elena Walsh)
paseaba por la calle Chacabuco
mirando las vidrieras de reojo
sin alcancía pero con antojo
Por fin se decidió y en un bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.
Quiero tiempo pero tiempo no apurado,
tiempo de jugar que es el mejor.
Por favor, me lo da suelto y no enjaulado
adentro de un despertador.
Osías el osito en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar
Quiero un río con catorce pececitos
y un jardín sin guardia y sin ladrón.
También quiero para cuando este solito
un poco de conversación.
Osías el osito en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar
Quiero cuentos, historietas y novelas
pero no las que andan a botón.
Yo las quiero de la mano de una abuela
que me las lea en camisón.
Osías el osito en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar
Quiero todo lo que guardan los espejos
y una flor adentro de un raviol
y también una galera con conejos
y una pelota que haga gol.
Osías el osito en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar
Quiero un cileo bien celeste aunque me cueste
de verdad, no cielo de postal
para ir me por el este y el oeste
en una cápsula espacial
Osías el osito en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar
martes, 31 de marzo de 2009
Viento en popa
bandoneonabandonacordeconlacordeon
trompetartamudaclamauntontrombon
clavicordioganasdeolvidaralmelotron
mandolinantiguanteunguitarron
flautañejarpacuidaundulcefagot
contrabajotrajounbanjocilador
congatocalacaradeuntambor
martes, 24 de marzo de 2009
miércoles, 11 de marzo de 2009
Dame Miedo
morirás al despertar
sigue asi y no volverás
no te sigo si te vas
siempre alerta donde estás
quiero serte más allá
no lo puedo tolerar
por que lo haces sin avisar
tienes algo que ocultar
tienes tiempo de intentar
tienes hambre de mucho más
tienes ganas de jugar
dame un beso dame un peso
dame miedo dame pienso
cielo seco pienso eso
no te rias sin cosquillas
dame un beso dame sexo
yo te pienso dame miedo
tienes ganas de jugar
tienes ganas de contar
martes, 10 de marzo de 2009
Aquel insoportable verano (primera parte)
Pero eramos felices, las calles eran nuestras, solo mis vecinos y yo deambulabamos por las polvorientas avenidas. Los adultos escondidos dormian una siesta interminable mientras la pandilla saltaba de sombra en sombra esperando el atardecer
Una noche, revolcaándome entre las sabanas empapadas de sudor, sentí piedritas en la ventana. Solo Tomás tenía esa costumbre. me asomé y ahí estaba con Rocío, su hermana chica.
-¡Jorge! Manuel se perdió -gritó Tomás.
-¡Shhhh! son las 3 de la mañana, no grites- le repliqué en voz baja- Manuel es de los perro que no se pierden, es mas viejo que la loca de la esquina.
-Pero nunca había estado tanto tiempo fuera, a lo mejor algo le pasó -insistió Rocío punta de lágrimas.
-Ya, déjame vestirme y voy.
Cuando salí a la calle Dante ya estaba ahí, como de costumbre, dando ordenes y planificando el rescate. Luego de un pequeño debate decidimos ir al centro, de donde sabíamos venían todos los perros. Ninguno de nosotros había ido solo al centro de noche y la idea, ademas de atemorizarnos, nos entusiasmaba.
Yo sugerí evitar las avenidas para no toparnos con los borrachos, pero Dante insistió en ir por la avenida, para aprovechar la luz y no perdernos.
Dimos vueltas por todos lados sin encontrar señales de Manuel ni de ningún otro perro, pero Al pasar por la plaza vimos un flacuchento pastor alemán, lo seguimos sigilosamente hasta llegar al viejo cine abandonado, allí el perro se metió por un pequeño orificio en la pared. Rocío se asomó y pudo ver media docena de perros, entre ellos Manuel. Tomás lo llamó y su fiel can se acercó para lamerle la mano, pero no quiso salir. Todos éramos muy grandes como para entrar por el orificio y ya llevábamos varias horas fuera de casa, entonces decidimos volver.
lunes, 9 de marzo de 2009
viernes, 6 de marzo de 2009
Viernes 5 a.m.
miércoles, 4 de marzo de 2009
inmortal
no las quiero abrir
se que están ahí
viejos tiempos leche con, con, con
ya no sabe igual
¿quien la beberá?
vieja amiga eres muy, muy, muy
nadas como un pez
¿volverele a ver?
viejo y vieja hoy ya, ya, ya
siempre fuiste tu
siempre fuiste tu
vieja historia sin, sin, sin
quiero bailar
quiero gritar
quiero mear
quiero saltar
quiero pasar
quiero quedar
martes, 3 de marzo de 2009
Vuélveme
llévame al hospital
págale al doctor
cuídame
léeme
cántame
sácame a pasear
y no me pierdas
déjame ser feliz
déjame salir
castígame
oblígame
ríete
llórame
empújame
dame fuerzas
Es Natural
vendo lo que tengo
vengo cuando puedo
no me gusta el pus
Estética, estática
viernes, 27 de febrero de 2009
Alquimia
jueves, 19 de febrero de 2009
Deberes de autor
lunes, 16 de febrero de 2009
La muñeca negra (segunda parte)
domingo, 15 de febrero de 2009
La muñeca negra (primer parte)
Setáflora
Metáfora
La vi por la playa
lengua seda
¿Qué te pasa?
Algo robo
Una hoja rompe la vista
Falsa
Moja y raspa
Changos
jueves, 25 de diciembre de 2008
Espejo
domingo, 9 de noviembre de 2008
cee me
Un excitante videojugego en primera persona
martes, 21 de octubre de 2008
Aire
Pero en ciertas ocasiones la publicidad hace su trabajo poniendo una taza caliente entre mis manos. Lentamente voy bebiendo el brebaje a pequeños sorbos olvidando el amargo sabor gracias su peculiar aroma. Si bien detesto el sabor del café, amo su dulce olor. Pero hoy por primera vez en mi vida aquella fragancia me dio nauseas.
Pedaleaba por Isidora Goyenechea hacia el Mapocho. Entre medio de gigantescos edificios de vidrio y antiguas casonas aparecían modernos bares y cafés de altísimos precios. Por todos lados revoloteaba gente linda con ropa linda fumando y hablando por celular. Vi sobrios ciclistas que pedaleaban elegantes modelos retro. Vi señoras falsamente morenas paseando perros microscópicos. Vi una banda de Jazz ganándose unas moneas a la salida de un local. Todo lo que había en la calle olía a café. Todos vestían su mejor sonrisa, todos parecían infelices.
Seguí mi camino por los parques que bordean el río observando la más diversa fauna urbana. Una pareja de colegialas quinceañeras se juraban amor eterno bajo la sombra de un árbol. Un mendigo fumaba sentado en una banca mientras discutía con su sombra. Una pareja de jubilados redescubría la pubertad besándose con cierta timidez acompañados de un picnic barato. Un grupo de jóvenes bebían una cerveza mediante carcajadas que olvidaban sus tristes figuras góticas. Ninguno bebía café.
Seguí por un instante con la mirada a un hombre con gigantismo en su brazo izquierdo y noté que ya me encontraba en el corazón de la ciudad, aquel órgano que se encarga de bombear gente, cultura y suciedad hacia los sectores más alejados del cuerpo de Santiago.
Una tufada a pescado me envolvió mientras pasaba por el Mercado Central, pero luego de esquivar un grupo de reggaetoneros, seguí camino por un laberinto de angostas calles y bulliciosos paseos peatonales hasta sentir nuevamente el olor a café, Ésta vez más dulce, más fuerte. Un oscuro vidrio impedía ver el interior del local. Me mantuve en la entrada imaginando el mundo que no conocía hasta que un viejo pelado salio a toda velocidad, entonces, en un parpadeo, pude ver dos voluptuosas damas frotando sus carnes colgantes sobre un variopinto y rancio grupo de comensales mientras la puerta se cerraba para siempre.
Seguí camino por calles no muy transitadas hasta llegar a la plaza Brasil. La rodeé un par de veces hasta comprenderla y luego me desplomé en el suave e irregular pasto. Allí no olía a café. Un leve aire de cerveza artesanal iba y venía por momentos. Ví a las estudiantes de la Escuela de Danza practicar sus coreografías. Vi sus ropas y quise casarme con alguna de ellas. Deseé que alguna me invitara un buen cuete, pero sabía que no podía esperar nada si yo no me movía.
Luego de fantasear un rato con vivir en alguna casona del sector me levanté y emprendí la retirada. Pensé en buscar un carrito de sopaipillas, pero aun sentía nauseas. Deseé durante todo el camino hacia mi casa tomar sólo leche con Nesquik
miércoles, 24 de septiembre de 2008
El Perro Escapatorio (segunda parte)
La armónica de Elisa marcaba el ritmo, Javiera administraba el arsenal alucinógeno, Ángela improvisaba un bello canto en lenguas muertas y Violeta daba muestra de su talento girando más rápido que un trompo sus sus firmes piernas dando increíbles saltos entre las roca y los arboles del bosque. Risas y carcajadas encajaban con la luna menguante. Pupilas dilatadas brillaban como estrellas formando nuevas galaxias. Al centro, un fuego de proporciones peligrosas calentaba los rosados pezones. Besos con lengua revelaban amor por la humanidad y la inhumanidad.
Elisa dejó la armónica y tomó el tambor. Ángela siguió el ritmo en arameo mientras Violeta y Javiera traducían en español antiguo y sutiles coreografías la historia de las cuatro hijas de un malvado rey que decidieron abandonar el castillo e ir en busca de aventuras convirtiéndose en poderosas guerreras, más fuertes que cualquier gigante, más valientes que caballero alguno. Estas asesinas de dragones, más temibles que bestia conocida, juraron abandonar el lujo del reino y vivir en las sombras aprovechándose de la debilidad de cualquier caballero andante.
La épica historia vibró entre las ramas y recorrió el bosque despertando a las bestias dormidas y alertando a las fieras nocturnas. Un can que por allí pasa reconoció aquel sonido como la voz humana y sobre todo un olor a hembra irresistible. El estómago de la fiera se retorcía de felicidad mientras se acercaba sigilosamente hacia la fuente de luz y calor. En el teatro la función continuaba con las doncellas convertidas en vampiros, bebiendo la sangre de tiranos gobernadores y seduciendo gladiadores. De a poco el tambor incrementó su ritmo y todas las niñas se unieron al baile mientras ante sus ojos las ramas aplaudían, las rocas chiflaban, la hierba respiraba y el lobo observaba. Las damas se acercaron aleteando como cisnes en su lago, rodearon al animal y lo acariciaron. El cazador tenía a su presa desprotegida y confiada, solo debía elegir al menos una y lanzar su letal mordida. La baba, lengua y labios comenzaron a afilar los colmillos del animal mientras sus ojo y oídos calculaban la distancia. Mas, esta vez el instinto no alcanzó la perfección. El tambor latió mas rápido que el vuelo de un picaflor, los 8 descalzos y suaves pies se movían a una velocidad que llegaba a hipnotizar al fuego. Las cuatro guerreras, las cazadoras de dragones, las vampiras justicieras, más valientes que caballero alguno, danzaron hasta que la bestia calmó sus ansias. El perro desistió de su misión y retrocedió desapareciendo entre los árboles. Mientras bailaban, Violeta cruzo su mirada con la del animal y algo en su mente se paralizó. Dejo de oír la música a pesar de su incesante baile.
El cielo comenzaba a aclarecer, el fuego había consumido por completo el tambor y algunas prendas. Elisa abrasaba un árbol plácidamente, Ángela lloraba al contemplar el río, Javiera roncaba desnuda sobre el Jeep y Violeta se introdujo en el corazón del bosque sin dejar de bailar hasta descubrir que no sabía como volver. Dio una ultima vuelta y se dejo caer sobre un colchón de hojas secas. Cerró los ojos y suspiró con profundidad, los volvió a abrir y distinguió la figura de un hombre sucio y bello. Violeta intentó decirle algo, pero el efecto de los hongos se lo impidió, el hombre tampoco pronuncio palabra alguna, sólo se sentó a su lado y le acarició el pelo. Violeta se sonrojó y dando un gran salto se lanzó sobre él y comenzó a besarlo apasionadamente, el hombre, tímidamente, se dejo llevar por los agresivos y excitantes movimientos de Violeta hasta que logró tomar el control.
Luego de la tormenta, Violeta suspiró y vio su reflejo en los oscuros ojos del hombre, luego cayo rendida y se durmió.
Una especie de humo rodeaba el cuerpo de Violeta formando su nombre mientras las hojas del suelo se convertían en bocas y lo pronunciaban, le gritaban pero ella no podía responder. De pronto Elisa pellizcó su mejilla despertándola por completo. Violeta quiso contar su aventura con el hombre del bosque, luego desistió, pues no sabía con certeza si se trataba de algún campesino aprovechador, un buen sueño, o si los psicotrópicos la habían convencido de follarse a un perro. Un pequeña mordida en su teta izquierda le indicaba que todo podía ser posible, aunque dicha marca no especificaba si era de procedencia humana o animal.
Las cuatro amigas recogieron su basura, se subieron al jeep y se marcharon escuchando un cd de Goran Bregovic al compás de un bello atardecer.
El perro ladró y las siguió unos cuantos metros, Violeta lo vio alejarse a través del espejo retrovisor y luego miró a sus amigas, pero ninguna mostraba señales de recordar haber bailado al rededor de la bestia. El perro pronto se cansó de seguirlas, dio media vuelta y luego volvió, permaneciendo con la mirada fija en el camino hasta que la noche terminó de caer. Al amanecer volvió al camino y espero nuevamente hasta que las estrellas cubrieron el cielo.
martes, 2 de septiembre de 2008
El Perro Escapatorio (primera parte)
Luego de un mes, un cartonero que por allí pasaba derribó por accidente el nido de Martina, desatando entre ladridos el llanto del pequeño humano. La noticia estuvo dando vueltas en los periódicos y en algunos canales de televisión durante un par de días, hasta que la muerte de un político condenó la historia al olvido. Mientras tanto, una adinerada familia se hizo cargo del crío, prometiendo comodidad, educación, salud, entretención, nada de perros y algo de amor.
Pasaron los años y el niño, ahora todo un hombre de veinticinco años, parecía estar completamente incorporado a la vida humana, pero ciertos hechos insólitos pronto dejarían en claro lo que por años fue oscuro. Ramón, que así lo habían bautizado sus padres en la fe cristiana, o Moncho, nombre que le dieron sus amigos bajo la bendición callejera, disfrutaba de una cerveza negra en el bar de la equina junto a su más cercano grupo amigos casi adultos. Al compás de rockeras rolas pasadas de moda se alzaba una acalorada pero divertida discusión sobre política. Argumentos comunistas, anarquistas, demócratas, imperialistas y neoliberales chocaban en el aire mediante palabras mal pronunciadas producto del exceso de alcohol hasta que la aparición de un par de hembras humanas hipnotizó a los borrachos. Moncho y Joaco se acercaron inmediatamente a las doncellas con la intención de cortejarlas con sus mejores (y peores) plumas. Las muchachas reían de los audaces comentarios de sus pretendientes, los cuales se movían entre una aparente inocencia y un picaresco humor negro sexual. El aire del bar estaba caliente y más caliente aún con la aparición de los supuestos novios de las rubias damas. Moncho y Joaco intentaron emprender la retirada al identificar al enemigo, pero éste tiene como norma castigar a quien invade su territorio. Valiéndose de insultos y empujones los pololos se dieron a la tarea de intimidar a los borrachines, los cuales, resignados, volvieron junto a la barra con el resto de sus amigos para beber el ultimo trago, esta vez más amargo, de la preciada cerveza negra.
Si bien Moncho era un pacifista, nunca dejaba pasar inmediatamente un hecho desagradable, es por eso que mantuvo toda una oreja y medio ojo fijo en la mesa que había abandonado. Pedro narraba enérgicamente, aunque algo confundido, su encuentro con un águila en la punta del cerro Manquehue, los muchachos escuchaban atentos la anécdota intentando distinguir el mito de la realidad, pero al momento del clímax del relato Moncho pudo ver cómo uno de los machotes golpeaba a su noviecita. Ésta lloraba mientras su hombre le decía con tono serio ¡Nunca más en tu vida vuelvas a...!
Dos de vasos volaron en mil pedazos y un mesa se dio vuelta golpeando la cabeza de un inocente. Moncho se lanzó como una bestia sobre el cobarde golpeador mordiéndole el cuello y luego la oreja hasta arrancársela. Ni el dueño del bar, ni los comensales, ni los amigos de Moncho intervinieron. El corregidor escupió la orjea media masticada, se acercó al disminuido hombre, lo miro fijamente y con tono firme dijo: ¡Nunca más en tu vida!!
Un desafinado rock setentero chicharreaba en el ambiente mientras Moncho abandonaba el lugar.
Los antiguos romanos creían que Rómulo y Remo, los fundadores de su civilización, fueron amamantados por una loba, el animal más fiero en toda Europa. De esta forma los hermanos latinos adquirieron la fuerza y determinación que los llevó a construir las bases de uno de los imperios más grandes en la historia humana.
En las venas de Moncho, y sobre todo en sus tripas, se escondía la rabia animal y la fidelidad canina transmitida por sus padres quiltros. Moncho no conocía los orígenes de este sentimiento, pero estaba seguro que debía abandonar inmediatamente la vida que hasta el momento había llevado.
Dejó una nota en su habitación y se marchó sólo con lo que llevaba puesto.
Caminó casi sin detenerse durante 48 horas hasta llegar a un frondoso bosque en los faldeos cordilleranos. Estaba cansado, tenía frío y hambre, se quitó su ropa ensangrentada y se lanzó al río. Los últimos días frios del invierno no impidieron que se mantuviera un buen rato bajo el agua. Moncho necesitaba limpiar su cuerpo y bautizarse nuevamente, esta vez definitivamente, con la imponente montaña y los centenarios árboles como testigos. Una vez acabada la ceremonia, reunió un buen montón de leña y encendió fuego con el último fósforo que le quedaba. Mientras se evaporaban los restos de agua en su desnuda piel, los ojos de Moncho se volvieron negros y brillantes, en su mente tenia un solo objetivo: conseguir alimento.
Su estomago se estaba auto digiriendo, el fuego se había convertido en pequeñas brazas y el rocío de la mañana lo estaba congelando. Entonces un ave se asomó más allá de su nido. Moncho fijó su mirada en el animal y éste le respondió agitando sus plumas en posición desafiante, pero al ver que el posible depredador no se marchaba, flexionó su frágiles patas y estiro sus alas para comenzar a volar. Apenas alcanzó a desprenderse unos cuantos centímetros cuando Moncho saltó, la cogió entre sus manos y mordió su cabeza.
Solo el pico y algunas plumas se salvaron de los ácidos estomacales.
Si el nadar en el río fue su bautizo, este desayuno lo hizo comulgar con el mundo salvaje. Mientras digería satisfecho su alimento, decidió que no podía seguir siendo identificado como Moncho, Ramón, o cualquier otro seudónimo con el que alguna vez fue invocado. Su corazón le reveló su nuevo nombre, pero sus labios fueron incapaces de verbalizarlo. Un fuerte gruñido atravesó su garganta, mostrándole al mundo su impronunciable condición de perro.
miércoles, 27 de agosto de 2008
Sopaipilla pasá
viernes, 22 de agosto de 2008
Guatita llena, corazón contento
miércoles, 6 de agosto de 2008
Erotismo
Esta estructura de pensamiento, que en mayor o menor medida todos tenemos, nos aleja de la inmortalidad, pues al establecer jerarquías dejamos de ver la naturaleza y nuestro universo como un solo ente vivo, nos alejamos del mundo sintiendo como resultado una soledad que físicamente nos enferma y mata.
En la antigüedad, la humanidad comenzó a mirar al cielo en busca de Dios porque no lo encontraba en la tierra. Su rutina de supervivencia y comodidad la habían alejado de la naturaleza. Es por eso que apareció un sistema por el cual, sin dejar de lado los logros obtenidos en materia y conocimiento por generaciones y generaciones, la humanidad podía acercarse a lo divino y volver a unirse con la naturaleza. Se trata de la fiesta ritual y el sacrificio.
Durante la fiesta ritual se levanta la prohibición de sobriedad y abstinencia que nos han encaminado a la "superioridad". Entonces despertamos nuestros instintos animales más placenteros: el hambre, la sed, y el deseo sexual físico. La humanidad vuelve por un instante a ser feliz al quitarle importancia a lo productivo y privilegiar el contacto con las cosas, todo esto mediante el acto del sacrificio: se toma un objeto útil, ya sea comida o una vida animal o humana, y se entrega a los dioses, se destruye. Entonces se restablece el orden, desaparece la jerarquía. El objeto deja ser útil y pasa a ser simplemente "cosa". Es en ese instante en que los que participan del ritual se dan cuenta que también son "cosa" y al establecer una igualdad entre ellos y el resto del universo, dejan de necesitar y comienzan a compartir. Las prohibiciones de nuestra sociedad, enfocadas en asegurar la correcta productividad y el consumo de los "bienes", nos alejan de la felicidad. Estas prohibiciones consisten básicamente en negar nuestra animalidad. Nuestra especie se acerca a lo divino sólo mediante la transgresión de esta prohibiciones.
Si cambiáramos nuestro estilo de vida, no sería necesario recurrir a estos métodos. El tiempo dejaría de dividirse entre sagrado y profano y sería simplemente eterno.
lunes, 4 de agosto de 2008
Connotación (cuando nos vamos de copas la hacemos tranqui)
-¿Vamos? No hay que ir a ningún lado, se puede ver en cualquier parte.
-Pero si no vamos no tiene gracia, vamos como si fuera una obra de teatro
-Pero con unas pilsen
-Y unos cuetes
-¡Seeeeeeeeee!
-Vamos al balcón…
-Se está poniendo como roja la luna
-Sí. ¿Préstame fuego?
-No tengo
-¿Y los fósforos?
-Puta se acabaron, anda a la cocina.
-No habían
-¿Cómo los prendiste?
-Con la… puta esa weá que sale fuego, los quemadores de la cocina.
-Ahhh
-Timbre
-¿La dura? no escuche ni una weá, voy a cachar
-Wena loco, llegaste juste a tiempo
-Tu cachay, manso olfato que tengo,
-Sipo, el eclipse esta empezando y recien empezamos a quemar…
-Y ahora llega cualquier weón y regalamos copete hasta al weón que toco la weá de pandereta.
-¿Qué chucha dijo este weón?
-No sé lo único que caché fue “pandereta”.
-¿Quien chucha es el weón de la pandereta?
-Este weón habla puras weás
-Puta filo wom, la weá es que no queda copete y yo ya puse como 3 lukas y no estoy ni ahí….
-¡Yaaa! Cagao cuilao yo voy a comprar, que tanta weá.
-¡Alguna vez que te rajís!
-¡Ahhh como que nunca me rajo! La weá es que nunca tengo.
- O sea como distinguir si los 50 fueron así o no?
-Puta quien sabe, a lo mejor , es la falsedad de lo comerciales, capaz que en verdad la gente no usaba esas weas. O salia una guitarra electrica como si fuese una marmicoc.
-Demas, yo no me imagino una banda de garage en esa época, como parece tan mamones…
-¿Y este weón donde anda?
-Pffffffff se fue hace rato.
-¿Cuando?
-Ahhh no coachaste porque estabay en la cocina bajoneando.
-No teniay ni una weá, me tuve que hacer una "pasta 3 minutos".
-Yo weon, yo cacho que vo deberiay haber estudiado otra cosa.
-¿Cómo que?
-Puta no se, en verdad no deberiai haber estudiado ni una weá.
-Ya loko me voy
-Pero ¿y el ecilpse?
-Aweonao, es es el sol.
-Ahhhhh, wena no había cachado, ya loko, nos vemos mañana, o sea mas rato.
-Sipo, su tarde de chelas, ya chao.
jueves, 31 de julio de 2008
Calzones Rotos
De cualquier manera, la desnudez ya está reservada para específicos momentos rituales, ya sea el exquisito acto sexual, una desenfrenada catarsis etílica y musical o simplemente para nadar en el lago. Entonces pasamos el resto de nuestras vidas vestidos "como corresponde".
Aparece la moral, las buenas costumbres y por sobre todo el estilo. Debemos discriminar y elegir una opción, por mas que las razones sean infundadas:
Si la ropa es sencilla y de materiales no sintéticos soy hippie
Si me visto de cuero puedo ser desde un skinhead antifascista hasta un rockanrollero de la vieja escuela.
La camisa cuadriculada dentro del pantalón refleja mi alto coeficiente intelectual o mi falta de relaciones sociales.
Unos bule jeans gastados y un roñoso chaleco de abuela indican una hipócrita postura seria ante la vida.
La bandera de Boliviana acompañada de desordenadas trenzas sucias alaban a Dios y el vasto reino vegetal de su creación
El exceso de platico y colores brillantes indican quizás una increible superficialidad y la falta de auto estima, pero acompañado de un aparente éxito rotundo.
Solo me queda vestirme con lo que encuentro, reciclando lo que era de mi hermano o de mi abuelo, lo que encontré en la calle y lo que antes no me gustaba intentando estar cómodo y ser nada al mismo tiempo, para que en la calle todos me digan que ése soy yo
Justamente lo que me avergüenza es intentarlo.
Entonces me olvido del estilo y simplemente me abrigo cuando hace frío y me desnudo cada vez que puedo
lunes, 14 de julio de 2008
U.R.L.
Salí de mi departamento, como todas las mañanas, 15 minutos antes del amanecer. Yo vivo en el 39 y debo caminar hasta el 20 para bajar por la escalera que da hacia el paradero. Si los números no existieran, no podríamos ordenar las cosas. Si yo viviera en el Departamento Dante Peretti en vez del 39, las cartas no llegarían. El sistema no es tan intuitivo.
Mientras cerraba con llave la puerta de mi depto me di cuenta que sólo podía identificar a mis vecinos por su número. Podía ver en mi cabeza a la vieja del 30, el maricón del 23 y la huachita rica del 35. Quizás yo era el ahueonao del 39.
Comencé a caminar lentamente por el oscuro pasillo, sutilmente manchado por esquizofrénicos fluorescentes, tratando de imaginar el nombre del inquilino en lugar del numero pintado en la puerta a medida que pasaba por cada una de ellas. Entonces cambié el 38 por Anselmo Sarabia, el 37 por José Cansino, el 36 por Justo Cañas, la huachita del 35 por Cata Romero. Sí, podía imaginarla con esos shortcitos que se pone en verano, la polera roja, alpargatas blancas y escuchando quién sabe qué mp3, ocultando los audífonos bajo una desordenada y corta cabellera color castaño. Y el 34, luego Nancy, Oscar, Bryan, Carmen, Viviana, Gonzalo y el 26 en venta y después.... ¿Cómo?
Nunca lo había notado, pero entre 28 y el 26 faltaba alguien. La puerta no existía y en su lugar un muro de ladrillos se alzaba disimulado tras un cartel disponible para los anuncios de los vecinos y la administración.
Quizás Gonzalo compró el 27 ¿para qué? no me importa.
Luego de haber sido inútil toda la tarde por culpa de la puerta 27, volvi a casa después de la media noche tras haber trabajado horas extras. Pasé por el 26 mientras encendía un cigarro y unos pasos más adelante, frente al cartel de los avisos, vi un destello azul juguetear con el humo de mi primera bocanada. La luz provenía de una grieta en el muro que cubría el 27. Mientras intentaba observar por la grieta, el tabaco se consumió sin discriminar mi mano. La quemada fue leve pero agudamente dolorosa. Lo suficiente como para chocar mi cabeza contra la pared y derribar un par de ladrillos. El malestar por la quemada y el golpe desaparecieron por el asombro. Removí con facilidad unos 8 ladrillos más hasta formar un hueco por el cual pudiese entrar. Asomé mi cabeza cerrando los ojos mientras arrastraba con dificultad mi cuerpo tomando impulso de mis manos y mis pies. Luego un doloroso tirón y al fin adentro.
Gonzalo no compró este cuarto. Estaba completamente amoblado y decorado, como si nunca hubiese estado abandonado. el Minimalismo de mi depto contrastaba con el barroco de aquél espacio, que si bien contaba con las mismas dimensiones, parecía ser mucho más pequeño pues mis ojos no dejaban de ver toda clase de objetos acomodados como tetris en estantes que iban desde el suelo hasta el techos rodeando todo el perímetro la habitación, exceptuando el espacio que ocupa la puerta. En el centro de la pieza se ubicaba una morada cama desordenada. Sobre esta desfilaban cerca de 20 animalitos de peluche, cada uno más tierno que el anterior rodeando un pequeño computador portátil negro. Empujé los objetos hacia un costado de la cama y me acosté boca arriba. El techo estaba decorado con estrellas de papel de colores y una extraña lámpara azul que le daba al cielo ficticio un aspecto enfermo.
En los estantes, sin considerar orden alguno, se ubicaban libros, películas, agendas, cuadernos, lapiceras, cómics, álbumes de fotos, cajitas llenas de joyas de fantasías, stickers con imágenes cursis, juguetes viejos, mascotas virtuales y celulares.
Tomé un cuaderno y comencé a hojearlo. Me encontré con apuntes de biología escritos con una impecable caligrafía azul. Cada mayúscula era de un rojo o morado brillante y las cosas importantes estaban subrayadas con verde. Mientras leía sin prestar atención cómo se reproducían los organismos unicelulares, intenté imaginar el nombre que podía ocupar la puerta 27, pero nada vino a mi mente. Llegando a la mitad del cuaderno la caligrafía comenzó a desordenarse y perder color. Aparecieron dibujos de animalitos ficticios e ingeniosos juegos visuales. Pasados los tres cuartos de cuaderno noté que ya no había nada escrito. Las paginas eran ocupadas en su totalidad por detallados planos de maquinarias extrañas. Yo no podía traducir tales bocetos pero mis ojos veían una especie de máquina de tortura gigante llena de microchips y robots con forma de conejos y ardillas. Cerré el cuaderno y prendí el computador, luego introduje un disco suelto que encontré en unos de los estantes. Era un video. Una joven de no mas de 16 años, de rasgos bellos, finos, cabello oscuro, aparentemente muy largo, ojos verdes y tes pálida. El video era de mala calidad, parecía haber sido grabado con la cámara web del computador y solamente mostraba el rostro de la joven mientras parecía digitar algo en el teclado. Cada pocos segundos su boca dibujaba divertidas mueca mientras articulaba inentendibles cuchicheos como si le hablara a los peluches de su cama con un tono juguetón. De pronto la joven se para y abandona la escena. En su lugar veo un antiguo teléfono desarmado apoyado en el estante del fondo. La joven vuelve a aparecer desplomándose sobre la cama. La cámara enfocaba parte de su cara con los ojos en blanco y un poco de espuma en su boca. El video no se detenía, el código de tiempo indicaba que que habían dos días más de filmación. Fui saltándome horas tras horas y la Joven seguía tendida inmóvil sobre la cama. No aguanté la curiosidad y me fui directo a los últimos minutos de registro. Ella seguía ahí, sus labios morados y su rostro casi verde mostraban los primeros síntomas de descomposición.
¿Entonces quién grabó el video en el disco? No alcancé a responderme. Un grupo de uniformados derribó la pared y en segundos me sacaron de la habitación arrasando con todos los objetos que allí se encontraban. Mientras una aspiradora chupaba todos los papelitos de colores y dos soldados instalaban una nueva puerta, por un isntante pude ver a la joven bajo la cama hablándole a un osito de peluche con las mismas ridículas muecas que modulaba en el video. No alcance a decir nada ni confirmar lo que mis ojos veían. Un detective me llevó a mi departamento asegurándome que todo está bajo control, que el cuarto ya está nuevamente disponible y que no hay nada que ver ahí.
En 5 minutos los uniformados abandonaron el edificio. La puerta 27 fue restablecida, y el cuarto vaciado. El cartel de los avisos fue remplazado por uno pequeño que decía "se vende". La Vieja del 30 y otros más se asomaron para ver qué pasaba pero inmediatamente fueron persuadidos por los detectives. La huachita rica del 35 permaneció en su pieza. Seguramente tenía mejores cosas que hacer, o quizás no escuchó nada por el fuerte volumen de su reproductor de mp3.
Yo me acosté perturbado. La joven del 27 había muerto quién sabe cuando, pero su facebook aun estaba activo, como si lo hubiese programado. Sus cosas hablaban, pero las callaron.
Recuerdo cuando me enteré que la Villa Portales había sido digitalizda. Fui de los primeros en conectarme y el departamento 39 me pareció un buen dominio entonces. Ya no lo siento así y creo que la del 27 siempre lo supo.